
Aquí nace una nueva sección en el Blog en el que contaré anécdotas reales que les han ocurrido a personas cercanas a mí, o a mí mismo incluso, aunque no daré los nombres reales. Anécdotas difíciles de creer. Esas cosas que pasan que uno no sabe si reír o llorar. Esas cosas que tras sufrirlas uno dice...
"O Dios no existe o es un cabrón". Ahí va la primera.
Contamos el caso de Jorge. Un chico que por razones diversas se partió las dos paletas cuando chico y el dentista que lo trató no se las puso del todo bien y le dejó una de ellas un poco negra. El chico creció con esa paleta negra y un buen día decidió pagar un buen dentista y ponerse dos dientes bien bonitos. El dentista, le limó las dos paletas que tenía hasta dejarle dos dientes minúsculos, y le colocó unas fundas provisionales, ajustadas en esos dientes minúsculos, hasta que le colocaran sus dos dientes nuevos. Jorge vio pasar los días ansioso por tener sus dos dientes nuevos. Ya quedaba poco.
A los pocos días el dentista le llamó. Ya tenía sus dos dientes listos para que se pasar cuando quisiera a colocárselos, pero el destino quiso que justo cayera en plena Semana Santa y Jorge, confiado en que sus dos paletas provisionales estaban aguantando firmes, decidió irse de vacaciones a la costa con sus amigos a pasar la Semana Santa.
"Ya iré cuando vuelva" se decía confiado. Una vez en la costa, sus dos dientes provisionales se le cayeron estando en su casa.
"Qué mala suerte tengo" se lamentaba en su casa Jorge. Se los intentaba recolocar, pero se caían. No había forma.
Pero tuvo suerte de que uno de sus amigos es dentista y no dudó en llamarle raudo y veloz para ver si le podía ayudar. Su amigo acudió en su ayuda y le colocó una pasta en los dos dientes provisionales para ajustarselos a sus dos dientes minúsculos que hacían de enganche.
"Esto te aguantará al menos hasta que vayas a tu dentista" le dijo el amigo dentista a Jorge. Jorge comprobó que ya no se caían y podía ir tranquilo a la calle sabiendo que no se le verían esos dientes minúsculos que daban tanta grima. Así que para celebrarlo se fue a bailar salsa con unos amigos.
Ya en la sala, empezó a mover sus caderas como un latino poseído por el espíritu de un bachatero salsón. Daba rienda suelta a su ritmo, despreocupado de que sus dientes estaban fijos y seguros. El profesor de salsa entonces pidió a los que estaban en la sala que formaran parejas para hacer un baile. Jorge buscó una chica con quien bailar, y una morena guapísima estaba sola al fondo de la pista. Ambos se hicieron un gesto y se pusieron a bailar juntos. Todo marchaba.
Jorge, abrumado por la belleza de la chica estaba un poco cortado. No quería juntarse mucho hacía ella, por si se pensaba lo que no era. Pero la chica, sugerente, le apretaba por la cintura a Jorge y lo atraía hacía ella. Como pidiéndole que se acercara sin problemas. Jorge no podía creérselo. Esa morena de ojos claros y cuerpo de modelo le estaba dejando rozarse con ella. Él aprovechó la ocasión.
En uno de esos movimientos, la chica colocó su mano en el cuello de Jorge y la dejó caer suavemente por toda su espalda hasta llegar a esa parte donde la espalda pierde su santo nombre, y lo apretó. Jorge pegó un salto. La chica le había cogido el culo. Y encima le sonreía. Jorge vio la ocasión y se la llevó a una mesa para poder hablar más tranquilamente con ella a solas.
En la mesa todo eran risas y complicidad. Ambos se compenetraban muy bien. Jorge cada vez veía más cerca el momento de besarla. Estaba a puntito. Fue entonces, cuando, en una de las veces que Jorge abrió la boca para reirse, sus dos dientes provisionales cayeron de su boca pegando un par de rebotes encima de la mesa. La chica miró con estupefacción aquellos dos dientes encima de la mesa con los ojos como platos. Jorge rápidamente los recogió y se los volvió a recolocar lo más rápido que pudo. Pero para entonces el daño estaba hecho.
Jorge le daba explicaciones aún con la vergüenza en su cara.
"Es que me los están haciendo nuevos, uso estos provisionales..." le comentaba sonrojado. La chica asentía aún un poco conmocionada por lo que había pasado. Fue entonces cuando le dijo a Jorge que se iba al baño un momento, que enseguida volvía. Jorge esperó sentado. Cinco minutos. Diez. Quince. Se levantó para buscarla y la vio bailando con otro chico. Igual de pegada de cuando lo hacía con él. Así que con la mirada gacha, salió por la puerta y decidió volverse a casa. Al día siguiente no tardaría en volver para ir al dentista.
Y esta es la historia de Jorge. De como la vida le puso enfrente un bombón al que no pudo comerse porque se le cayeron los dos dientes. Ahora entiendo ese refrán que dice: Dios le da pan a quien no tiene dientes. La vida le puso la miel en los labios para arrebatárselo luego vílmente. Y no sólo el haberselo quitado, sino la vergüenza que tuvo que pasar con esa chica. Y es que hay veces que por las cosas que nos pasan, cosas como esta de Jorge, uno dice...
"O Dios no existe, o es un cabrón...".